El regalo honesto: cuando lo único antecede al compromiso

El regalo honesto: cuando lo único antecede al compromiso.

Acercándonos a las fechas del regalo por excelencia, la situación actual precisa de un momento de reflexión para acertar con el mejor obsequio. Contra los pronósticos de una producción en masa, los regalos únicos e irrepetibles, que forjan capítulos en nuestra vida, constituyen hoy nuestro bien más preciado: la memoria.

Antes que el regalo, los recuerdos

A las puertas de una próxima Navidad que, ante la incertidumbre y las restricciones por los rebrotes de la Covid-19, promete ser un tanto distinta, la estrategia de un buen regalo puede convertirse en toda una oda a la esperanza. Bajo la recomendación de permanecer en casa, restricción a la que ya empuja la climatología, los objetos y presentes de decoración apuntan a un buen acierto las próximas fiestas. Especialmente, aquellos que remitan a nuestros seres queridos para, de un modo u otro, mantenerlos en nuestro entorno.

Existe todo un vastísimo abanico de regalos que poder ofrecer a nuestros amigos y familia mediante cuya importancia, emocional y colectiva, marcaremos cuán relevante es esa persona en nuestra vida. Lejos de apostar por aquellos elementos que confieren al regalo la categoría de compromiso, bajo cierta obligatoriedad social debido a una fecha o acontecimiento en concreto, hay que saber escoger bien. A ello contribuyen, tomando un certero ejemplo, los regalos Hofmann, cuya naturaleza fotográfica es capaz de aunar la estantería emocional con la decoración.

Conexión con la memoria

A pesar de cuantos simbolismos podamos recopilar en toda una vida, nuestros recuerdos son, sin lugar a dudas, nuestro bien más preciado. A ellos debemos no tan sólo la voz del raciocinio en base a la propia experiencia, sino un largometraje emitido a cortas piezas de todo cuanto hemos vivido. Las fotografías, por lo tanto, constituyen en nuestro mundo íntimo la congelación de un instante clave de nuestra existencia. Un portal que, en distintos formatos, nos sirve para trasladar las sensaciones a un momento exacto cuya reconfortante esencia pretendemos retomar.

Es por ese motivo que, y con más razón en esta era, los regalos fotográficos como los que ofrece Hofmann son primordiales para con nuestras emociones. Desde un bonito lienzo personalizado que contemplar a diario con la imagen de un momento único, hasta un cojín con la fotografía de un ser querido con quien despertarse cada mañana. Se trata de recursos sensoriales cuyo significado, estrechamente ligado a la noción personal de quien los aprecia, otorgan conexión y pureza a nuestra vida. Tan simple como, tras una mala noche, tomar un buen café en una taza en cuya cerámica reluce impresa la fotografía de un hijo, una pareja, un familiar o un instante.

La artesanía de la honestidad

Asimismo, y aunque la necesidad sea otro de los factores que atañen a un regalo, son muchos quienes optan por su valor artesanal y personal. Ello brinda a nuestro presente una pátina de personalidad incomparable con cualquiera de las demás opciones. Demostrando o no destreza, tanto mediante manualidades de papel maché fáciles que entregar con un cariño sin igual, como fotografías tomadas aquella tarde de otoño de hace unos años cuando todo era invencible e incontestablemente mágico. Porque, al fin y al cabo, no se trata jamás de la cantidad de dinero invertida en un regalo, sino de la certeza y del sentido que éste mantiene a lo largo del tiempo.

En esa línea, si bien ciertos regalos, como lo son los dispositivos tecnológicos, deben su uso a la actualización de sus demás versiones para desechar antiguas, todo lo contrario son los regalos intemporales. Objetos que, sin acceder al plano estético o su significado ulterior para terceros, se instalan también en una parcela singular de nuestra memoria. Vinculándose, de este modo, a quien nos ha dejado con un pedazo de alma latiendo entre nuestros dedos adornando el seguro templo del hogar. Sin cortesía ni protocolos. Tan sólo pura honestidad.

Un regalo único

Otro aspecto a comentar sobre un buen regalo es su capacidad de clonación. Mientras que muchos aparatos, prendas y otros artículos se producen en masa y serán usados, disfrutados y vestidos por millones de personas, los regalos que sin soberbia llamamos “de verdad” son únicos. Son aquellos regalos irrepetibles, que obedecen a un solo criterio: el lazo que mantiene una relación sincera y bella entre distintos individuos. Dado que la Navidad, el amigo invisible e incluso los Reyes se han metamorfoseado hasta reducirse al verbo ‘compartir’, ¿por qué no compartir algo verdaderamente especial?

En un momento como el actual, bajo la exigencia de más humanidad que otros valores, un regalo es nuestro salvoconducto hacia el fortín de nuestra mente. Nuevamente, un fantástico portal de sensaciones que tan sólo unos pocos seres humanos compartimos con gran ternura. Es ese el valor humano. Aquella importancia personal que subyace a objetos que, pese a su acostumbrada trivialidad, contienen estallidos de memoria que sobrevivirán a la irreductible erosión del tiempo. Sin fecha de caducidad y disponibles en cualquier momento, cuando la sed de vida arrecie y la luz, como la que permite existir a la fotografía, diseñe nuestra insobornable identidad.

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